Antes de entrar (fragmento del libro “Pangeísmo: el camino del árbol” de Máximo Mazzocco)
Una percepción que empuja
No escribí este libro porque tuviera todas las respuestas. Lo escribí porque había algo adentro mío que necesitaba volverse palabra. Algo que no entraba del todo en el lenguaje, pero que igual empujaba. Algo que no era exactamente una emoción ni una idea cerrada. Ni siquiera sé si diría que era un «sentir» en el sentido habitual del término.
Hay una diferencia que, en este caso, me resulta útil: la distinción entre sentir y presentir, entre un sentir de los sentidos y una percepción previa. No se trata únicamente de registrar una emoción o una sensación física, sino de percibir desde un lugar anterior, más hondo, más raro. Como si hubiera una intuición que llega antes que el pensamiento, una sensibilidad que precede a la idea, una especie de sexto o séptimo sentido que a veces se enciende sin pedir permiso y te deja sabiendo algo que todavía no podés explicar. Es como la extraña impresión de que eso que estás viviendo ya lo viviste, en otro tiempo, en otro espacio, como si hubiera un yo borroso que también fuera vos.
Este libro nace de ahí.
Nace de esa percepción difícil de nombrar, pero también de la experiencia encarnada de vivir, intentar, errar, emprender, involucrarme, poner el cuerpo. Nace de años de caminar proyectos, vínculos, territorios, preguntas, conversaciones, contradicciones. Nace de haber intentado, durante mucho tiempo, trabajar por lo que solía llamar «una transición hacia la sostenibilidad», o «hacia un mundo mejor». Pero incluso ahí empezó a incomodarme algo: ¿mejor para quién? ¿Mejor según qué idea de vida? ¿Mejor bajo qué lógica? ¿La del ser humano solo? ¿La del progreso entendido como acumulación? ¿La de una especie que se piensa centro y medida de todo?
Muchas de las preguntas que me trajeron hasta acá empezaron ahí: en la sospecha de que no alcanza con cambiar sistemas, tecnologías o hábitos si no cambiamos también la forma en que entendemos qué somos, con quiénes convivimos, qué significa vivir y qué significa habitar.
Nos hallamos en una época en la que la ciencia ficción dejó de ser ficción. Aun así, seguimos sin resolver cuestiones tan básicas como que todos tengan condiciones mínimas para vivir con dignidad. Algo ahí no encaja. Algo en nuestra manera de interpretar lo que nos rodea, de organizar la sociedad, de jerarquizar lo importante, parece estar distorsionado.
Guerra, violencia, ecocidio. Poder, dinero, reconocimiento. El problema no es solo técnico, económico, político o ecológico. Es también espiritual, ético y sensible. Y eso se vuelve todavía más evidente en medio de la transición hacia un mundo cada vez más modelado por la inteligencia artificial. Ahí se mezclan la promesa y la amenaza, el entusiasmo y el nerviosismo: la sensación de que pueden abrirse posibilidades maravillosas, pero también mecanismos nuevos de concentración, desplazamiento y destrucción. Esto puede terminar relativamente bien, o muy mal.
Por eso, la inquietud se torna insistente, ¿por qué seguimos fallando en lo más elemental?
Nombrar la búsqueda
Hace varios años, de manera informal, empecé a presentarme como pangeísta. Y cada vez que lo hacía, se abría una puerta. Venían preguntas. Algunas simples, otras complejas. Algunas tiernas, otras filosóficas. Algunas prácticas, otras casi imposibles. ¿Qué es eso? ¿Es una religión? ¿Es una filosofía? ¿Es una forma de espiritualidad? ¿Es política? ¿Es ambientalismo? ¿Qué propone? ¿Qué cree? ¿Cómo se vive? ¿Qué quiere decir eso de que todo está vivo, de que somos interdependientes, de que en una hoja está toda la vida?
Con el tiempo me di cuenta de algo: este libro es, en buena medida, el rastro de esas conversaciones. Pero no nació solo para responder a los demás. Nació, sobre todo, para responderme a mí. O mejor dicho: para intentar comprender, a través de las preguntas, eso que yo mismo venía buscando desde hacía mucho tiempo. Porque algunas preguntas no aparecen para ser contestadas rápido, sino para ser habitadas. Y porque a veces uno entiende recién cuando trata de explicarlo.
Este libro es eso también: un intento de entender diciendo.
Hay problemas filosóficos que me incomodan y me entusiasman desde siempre. Tal vez el principal sea el problema del todo y la parte. Cómo pensar la relación entre el uno y el todo, entre el individuo y la comunidad, entre el yo y el nosotros, entre el nosotros y los otros, entre el cuerpo y el alma, entre la singularidad y la pluralidad. Cómo reconciliar lo propio con lo común. Cómo no borrar la diferencia sin romper la unión. Cómo sostener al mismo tiempo la libertad singular y la interdependencia radical. Cómo salir de esa lógica tan instalada que nos obliga a elegir entre individuo o comunidad, entre identidad o apertura, entre autonomía o relación.
El pangeísmo nació, para mí, como una forma de meterme en esa herida y quedarme ahí el tiempo suficiente como para que apareciera otro lenguaje.
Porque de eso se trata también: de lenguaje.
Este libro nace de la necesidad de resignificar palabras. Las palabras nunca son solo lo que dice un diccionario. Una palabra es también las cargas que trae, las historias que la atravesaron, las cicatrices que arrastra, las intuiciones que despierta, las sociedades que la pronuncian, los mundos que la hacen posible. Por eso, hay muchas palabras que intento mover, abrir, recuperar, torcer, reencantar. No para jugar a inventar un idioma por capricho, sino porque a veces, para nombrar una experiencia reveladora, hay que correr un poco el lenguaje heredado. Y porque cuando las palabras se endurecen, se endurece el mundo.
El pangeísmo, en ese sentido, es una lengua forestal: una forma de decir que ramifica, hospeda y deja respirar el misterio.
Fuego, servicio y paz
Durante años también me costó explicar algo más íntimo: que mi vínculo con la naturaleza nunca fue solamente una cuestión de supervivencia, de servicios ecosistémicos o de adaptarnos a los límites planetarios. Todo eso es cierto, claro. Pero para mí siempre hubo algo más. Algo ético, espiritual, difícil de probar y, al mismo tiempo, imposible de negar. Protejo la vida no solo porque la necesito, sino porque la siento sagrada. Porque hay en ella una profundidad que me excede y de la que formo parte. Veo la interconexión, siento la trama, me reconozco dentro.
Mi camino socio-ambientalista nunca tuvo que ver solo con formas de gestión y ecoeficiencia, ni con modelos económicos y políticas de Estado. Tiene que ver, más abajo, con una reverencia. Con una conexión profunda con lo vivo. Con la intuición de que la biodiversidad no puede reducirse a su utilidad: es una de las expresiones más hermosas, fascinantes e inevitables de la existencia.
Sin ir más lejos, fue esa comunión la que me empujó hacia una etapa necesaria de mi recorrido: una etapa de fuego, de urgencia, de confrontación, la que hoy podría llamar mi momento superactivista. Había enojo, indignación, tristeza, una negativa profunda a naturalizar la extinción, la desigualdad y la indiferencia. Y había también fuerza, entrega, conquistas memorables, causas que exigían cuerpo y valían alma.
En aquel tiempo ya me movía una convicción muy concreta: que lo socioambiental dejara de ocupar un espacio periférico y se volviera una prioridad transversal en la agenda política, privada y ciudadana; una corriente capaz de oxigenar la cultura, los valores y nuestras dinámicas de convivencia. Me impulsaba el deber de tejer comunidad, de conectar miles de voluntades y de consolidar movimientos plurales, autónomos y vivos capaces de sostenerse en el tiempo. Aspiraba a que la conexión con lo natural dejara de ser un eslogan para convertirse en una toma de sensibilidad global.
Así, trabajé de manera apartidaria con todo tipo de actores (en todos los niveles, sectores y contextos) en un amplio abanico de proyectos glocales, tratando de tender puentes allí donde había murallas.
Impactar lo suficiente como para encender focos y hacer girar ruedas independientes, autosuficientes, donde uno sienta que su rol ya no es necesario.
Pero con el tiempo empezó a asomarse otra comprensión, más difícil y más exigente: que incluso aquel al que señalaba como opuesto o responsable también pertenecía al mismo tejido existencial. Ahí empecé a intuir que la conciliación no era una renuncia a la intensidad, ni una consigna blanda o un adorno moral. Era, más bien, otra forma de asumir el ímpetu: una fuerza arcaica, más próxima al amor.
Desde la adolescencia me sentí interpelado por la filosofía, la espiritualidad y los grandes interrogantes del sentido. Me sumergí en textos, tradiciones, religiones comparadas, maestros, experiencias y corrientes muy distintas —de la teosofía al budismo, del cristianismo al hinduismo, del sufismo a la sabiduría tolteca— para descubrir no tanto doctrinas blindadas, como los hilos en común, las resonancias de fondo, aquello que pudiera decir algo significativo sobre quiénes somos y cómo transitar este misterio.
En mi caso, esa búsqueda interior encontró su cauce en el servicio. Ahí busqué lo espiritual y trascendente, no por retirada del mundo, sino en el corazón mismo de la entrega. Casi todo lo que hice, lo hice de manera radicalmente voluntaria, porque creo en el servicio como vía de transformación humana. Amo ese camino y sigo creyendo en él: accionar sin esperar recompensa, ofrecer tiempo, energía y talento, con buenas intenciones, sin ser por eso ningún santo. Me parece que existir pide, de alguna manera, dejar las cosas un poco más cuidadas.
El trabajo como voluntario me llevó a saberes a los que no sé si habría llegado de otro modo. Pero incluso ahí hubo un fuerte aprendizaje: en un punto me diluí tanto en la trama, en el nosotros, en la ofrenda, que el «yo» empezó a perder contorno. Y no me refiero solo a lo psicoemocional, sino también a gustos, sueños, familia, amistades, partes enteras de mi propia vida que iban quedando relegadas, conscientemente. «La causa, primero» es un mantra que todavía me acompaña, porque toda transición social exige memoria y constancia.
Con los años entendí que ninguna causa colectiva se sostiene del todo sin una tarea singular; que el nosotros necesita del yo, no como ego aislado, sino como nodo sensible, consciente, como canal vivo. Que cuidar de sí no siempre es irse de la trama: a veces es, justamente, la manera más honesta de seguir sirviéndola.
Ese mismo fuego que avivaba esta etapa de fervor activista fue combustible de cosas increíbles, revolucionarias, pero también cargaba dolor, congoja, una energía difícil de metabolizar. En algún lugar sabía que el físico tenía un límite; lo sabía adentro. Pese a esto, había en mí una disponibilidad incondicional a dedicarlo a aquello en lo que creía. Así, parte de esa intensidad terminó encarnándose en una enfermedad: un cáncer germinal.
Pero ahí apareció una paz muy anhelada. La experiencia me sacó mochilas, me alivianó de pesos viejos, me dejó más liviano, casi como un pétalo. Me puso frente a la muerte sin demasiados rodeos, y me obligó a hacerme una pregunta largamente reflexionada: si quería realmente seguir viviendo, si valía la pena insistir con el paso de esta singularidad, si quedarse era apenas obedecer un instinto o una expectativa, si ya había cumplido mi rol o propósito, o si había un sentido oculto para seguir. Porque esa paz que ahora sentía no era fácil de soltar. Ya había cumplido, hecho suficiente. Podía irme sin más.
Sin embargo, fue en ese mismo borde donde algo empezó a latir, indicándome que todavía tenía cuerda para dar.
La enfermedad fue una gran maestra. Me enseñó el valor de la pausa, el de correrse un poco, no para desertar, sino para ganar perspectiva, respirar, ver mejor y después volver a entrar desde otro lugar. Puede haber paz en la humedad del barro, en la pasión del fuego, en el torbellino del recuerdo. Una calma que no viene de la huída del mundo, sino de aprender a detenerlo sin abandonarlo.
Preguntas para habitar
No es casual que este libro haya tomado el formato de preguntas y respuestas. No solo porque muchas de estas páginas nacieron de conversaciones informales, charlas, viajes, encuentros, intercambios del día a día, discusiones con amigos, reflexiones conmigo mismo, que fueron clave para ayudar a afinar, aclarar y profundizar varias de estas ideas. Elegí esta forma porque me resulta más honesta con el origen del libro.
El pangeísmo no apareció en mí como un sistema cerrado bajado de una montaña. Fue surgiendo en el cruce con otros, en el ida y vuelta, en las preguntas que se repetían, en las objeciones, en los asombros, en las intuiciones compartidas, en la práctica diaria, en la amistad, en el trabajo, en el activismo, en la enfermedad, en las aventuras de poner tiempo y energía en causas que me parecían justas, en la experiencia concreta de andar el mundo y encontrar, en muchos lugares, una misma sed de sentido.
Por eso compartir esto con otros nunca fue, para mí, un gesto secundario. Si el pangeísmo nacía de una conversación más amplia que yo, entonces tenía sentido abrirlo. Pensarlo con otros. Escribirlo con otros. Dejar que otras sensibilidades también lo tocaran, lo tensionaran, lo expandieran. Muchas de las formulaciones que hoy son parte del universo pangeísta evolucionaron gracias a una labor en conjunto con autores pangeístas, personas con las que fui pensando, afinando, discutiendo, reescribiendo y profundizando estas ideas. Quiero agradecer especialmente a Marian, Aisha, Meera, Dana, Paul, Alex, Ju y Thandiwe. Me alegra y tranquiliza que hayan sido parte, pues una idea nunca es propia.
Porque al fin y al cabo, ¿de dónde salen las ideas? ¿Se originan en alguna parte del organismo? ¿En lo material? ¿En lo intangible? ¿En una nube colectiva? ¿En algún plano del alma? ¿Son tuyas, son mías, son nuestras? ¿Son sintonizadas? Si están yendo y viniendo todo el tiempo, aun cuando no las invitamos, ¿por qué habría de considerarme su destino final? ¿Por qué habría de apropiármelas como si fueran exclusivamente mías? Quizá seamos más intermediarios de ideas que creadores soberanos y propietarios únicos de ellas. Puentes, antenas, canales, nodos de paso. Una idea trae otra. Una mente roza otra. Una conversación despierta algo que no estaba. Una lectura abre una puerta. Una experiencia encarna una intuición. Miles de inputs diarios hacen a cada ser humano único, irrepetible y mágico. Ninguna verdad es pura en su totalidad. Todos los «quiénes somos» son mezcla infinita.
Algunas preguntas de este libro están casi tomadas al pie de la letra de conversaciones reales. Otras condensan varias preguntas en una sola. Otras aparecieron después, cuando entendí que hacía falta nombrar mejor ciertos nudos. En todos los casos, este libro intenta reunir el marco conceptual, afectivo y espiritual del pangeísmo en la medida en que puede ser expresado en palabras. Y digo «en la medida en que puede» porque hay algo importante que aclarar desde el principio: el pangeísmo no cabe del todo en la explicación. Hay una parte que solo puede vivirse, intuirse, presentirse, in-corporarse.
Ojalá estas páginas puedan llevarte, aunque sea por momentos, a un estado de presencia distinto mientras las leés. Ojalá no te hablen solo al pensamiento, sino también a esa parte tuya que reconoce antes de entender. A ese fondo silencioso que, a veces, sabe sin saber cómo sabe; a ese lugar donde algo hace clic, o se acomoda, o se abre. El pangeísmo no quiere imponerte una doctrina ni convencerte de nada. No quiere volverse catálogo, dogma ni frontera. Quiere, más modestamente y más profundamente, invitarte a una toma de sensibilidad.
También quisiera decirte algo sobre cómo leer este libro: no hace falta leerlo en orden. Podés entrar por la pregunta que quieras. Podés abrirlo al azar. Podés empezar por la que te llame, por la que te pique, por la que te genere curiosidad, un pequeño temblor o una cierta sospecha. Por la que te despierte algo que todavía no terminás de nombrar. No hay una única puerta de entrada al pangeísmo, porque el pangeísmo no se organiza como una línea recta. Se parece más a un rizoma, a un bosque, a un entramado de hongos, a un sistema vivo que no tiene un principio y un fin tan claros, sino conexiones, brotes, desvíos, retornos. Está en devenir. Y quizá por eso algunas ideas vuelvan más de una vez, desde lugares distintos. No es un error. Es parte de la naturaleza de una cosmovisión. Cuando uno entra en un universo semántico nuevo, ciertos conceptos reaparecen, se espejan, se profundizan, se enlazan entre sí. Una lengua forestal no avanza en fila india: crece por capas, por repeticiones vivas, por resonancias.
Te propongo entonces no leer solo con la mente. O no únicamente con la mente. La mente, por hábito, quiere clasificar, comparar, encasillar, decidir rápido si algo le gusta o no, si ya lo sabía o si le parece absurdo, si esto entra en filosofía, en espiritualidad, en política, en ecología o en poesía. Y entiendo ese impulso, porque es humano. Pero ojalá puedas suspenderlo un poco. O al menos aflojarlo. Y prestar atención a cualquier respuesta más profunda mientras avances: una emoción, una incomodidad, una memoria, un reconocimiento extraño, una sensación de que algo que todavía no terminás de entender igual te está hablando. A veces el sentido no llega primero como concepto, sino como eco. Como cuando algo se desvanece y, recién al desvanecerse, deja ver algo más.
¿Y qué es, entonces, el pangeísmo?
Es, para mí, una filosofía forestal. Una perspectiva del pensamiento respecto de qué es el mundo, qué son los seres, qué es la vida, qué es la muerte y qué devenires son deseables en términos de convivencia, dentro de una existencia que imagino pluriversal y multidimensional. Pero sería insuficiente decir solo eso. Porque además de ser una disposición del pensamiento, el pangeísmo es también una creencia, una certeza íntima, un refugio espiritual, una manera de otorgarle sentido a la existencia sin necesidad de clausurar el misterio. No busca resolverlo todo. No busca dominarlo todo. No busca explicar lo inexplicable hasta secarlo. Busca religar.
El acto del pangeísmo es, justamente, el de re-ligar: mostrar que todo está enlazado, que el más allá ya está acá, que convivir y conmorir forman parte de un mismo tejido, que lo visible y lo invisible no están tan separados como aprendimos a creer, que una hoja puede contener toda la vida, que una singularidad nunca está sola, que todo existente participa de una continuidad sagrada y misteriosa.
El pangeísmo no niega las contradicciones ni ofrece un paraíso de pureza. No promete una llegada final. Afirma algo más humilde y, para mí, más poderoso: que convivir es una elección; que la paz es un verbo; que la reconciliación debe hacerse todos los días. En un mundo atravesado por el devenir cíclico, la diversidad interconexa y la deconstrucción de sentidos, no hay estados finales: hay prácticas, hábitos, decisiones renovadas. Hay una ética encarnada que intenta, una y otra vez, cuidar, cohabitar y compartir con más responsabilidad.
Probablemente eso sea, para mí, el corazón del pangeísmo: convertirnos en nodos armonizantes. Que todo lo que pase por nosotros —una palabra, un gesto, un conflicto, una pausa, una presencia— salga un poco más cuidado, un poco más habitable, un poco más compartido, un poco más reconciliado. No porque seamos puros. No porque seamos iguales. No porque no fallemos. No porque no seamos contradictorios. Sino precisamente porque lo somos, y aún así elegimos trabajar por causas comunes.
Esa fe en las existencias, en las tierras, en las sensibilidades, de ningún modo quiere imponerse. No es un régimen para bajar a martillazos ni un conjunto de prohibiciones para vigilar a nadie. Si algo aprendí en este camino es que los valores se transmiten mucho más por la forma en que vivimos que por la forma en que sermoneamos. Para mí, ser pangeísta no puede ser jamás una identidad forzada. Es, en todo caso, una experiencia singular, voluntaria, una forma de apertura. Algo que brota o no brota. Algo que se contagia por resonancia, no por imposición.
Este libro, entonces, no viene a darte una verdad cerrada. Viene a compartir una búsqueda. Un marco. Un lenguaje posible. Un conjunto de preguntas y respuestas que fui reuniendo mientras intentaba entender qué nombre darle a ciertas sensaciones, ciertas acciones, ciertas certezas, ciertas contradicciones. Viene a ordenar un poco una experiencia viva, sabiendo que toda experiencia viva siempre desborda las palabras que la nombran. Viene a ofrecer una puerta, o varias.
Lo escribí para mí, sí. Para poder escuchar mejor eso que tenía adentro. Para no dejarlo en pura nebulosa. Para hacerle un lugar en el lenguaje. Para animarme a jugar en serio. Para encontrar mi identidad: quién soy, con qué palabras me nombro, qué horizontes me resuenan, hacia dónde quiero orientar mis pasos y mis pausas. Para acercarme con más humildad a lo que me excede. Para, finalmente, recobrar mi singularidad en el plural.
Pero también lo escribí para nosotros. Para quienes alguna vez sintieron, o intuyeron, o percibieron que la separación era una ilusión. Para quienes no terminan de creerse ese cuento de que somos individuos aislados flotando en competencia permanente. Para quienes presienten que hay algo sagrado en la interdependencia, algo político en la sensibilidad, algo espiritual en la convivencia, algo profundamente transformador en volver a pensarnos como parte. Para quienes alguna vez se supieron abiertos, interconectados, vinculados, singulares-plurales, partículas mínimas pero necesarias en una red micelial muchísimo más grande que nosotros.
Si este libro logra despertarte aunque sea una pregunta genuina, un cosquilleo, una pausa, una mínima reconciliación con algo que creías separado, entonces ya habrá cumplido su tarea.
Fragmento del libro “Pangeísmo: el camino del árbol” de Máximo Mazzocco