Select Page

Hay algo profundamente revolucionario en que una sociedad decida poner la compasión en el centro de la educación. Y creo que todavía no terminamos de dimensionar lo que significa que esto esté sucediendo en Argentina.

El 29 de octubre, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires aprobó por unanimidad la Ley Compasión, con 56 votos afirmativos. Incorpora la compasión entre sus objetivos educativos y establece contenidos obligatorios sobre el respeto y la protección de los animales y la naturaleza, reconociendo la sintiencia animal. Abarca los establecimientos públicos y privados, desde el nivel inicial hasta la formación docente.

La educación en compasión puede ser el comienzo de una revolución silenciosa. Y semejante consenso político me parece significativo. No porque una votación demuestre que hemos cambiado como sociedad, sino porque quizás estemos empezando a reconocer colectivamente algo que muchísimas personas ya venimos sintiendo. A veces tengo la impresión de que nuestra cabeza tarda en comprender aquello que, de alguna manera, ya está en el corazón. Y más todavía tardamos en llevarlo a nuestros hábitos.

Y ese movimiento ya empieza a trascender Buenos Aires. En pocos días, más de diez provincias comenzaron a trabajar en proyectos similares. Quizás estemos ante un verdadero efecto Compasión: una sensibilidad que llevaba mucho tiempo latente y que ahora encuentra nuevas formas de expresarse y multiplicarse.

En un país donde la producción y el consumo de animales atraviesan la economía, la cultura y hasta la identidad nacional, esta decisión nos invita a revisar muchas certezas. Buena parte de nuestro marco jurídico y económico todavía comprende la naturaleza como un conjunto de recursos a disposición de los seres humanos. Sabemos que los animales sienten, sufren y experimentan el mundo, pero continuamos organizando nuestras vidas como si ese conocimiento no tuviera demasiadas consecuencias.

Una sociedad revela mucho de lo que es por cómo trata a los animales.

¿Por qué compasión? La palabra proviene del latín compassio: padecer con, compartir el sufrimiento. Pero me interesa explorar ese significado más allá del dolor. En el pangeísmo, la filosofía que atraviesa mi manera de comprender la existencia, hablamos del sentir-con: abrirnos a la vulnerabilidad y también a la alegría de los otros, desde la comprensión de que compartimos una trama interdependiente.

Somos singularidades irrepetibles, atravesadas por innumerables otras vidas. Formamos parte de una continuidad que nos precede y nos excede, aunque muchas veces vivamos como si fuéramos individuos aislados. Nuestra relación con los demás existentes empieza en aquello que somos, mucho antes de cualquier disposición jurídica. Y quizás la compasión tenga que ver con ese darse cuenta: reconocer al otro sin necesitar que se parezca a nosotros para que su existencia importe. Hay algo hondamente sagrado, para mí, en esa existencia.

Una sociedad también se revela por aquello frente a lo cual ha aprendido a no sentir nada. Por eso me conmueve que esta ley lleve el nombre de Compasión. En una cultura que ha convertido tantas existencias en recursos, elegir esa palabra es, en cierto modo, una provocación: pasar de preguntarnos qué derecho tenemos sobre los demás a preguntarnos qué responsabilidad tenemos con ellos.

Para mí, además, esta historia es profundamente personal. Comparto mi vida con Liz Solari, fundadora de Sintientes, la organización que creó el proyecto. La veo dedicar una parte enorme de sus días a esta causa, tomar decisiones que desde la lógica económica parecerían no tener sentido, sostener convicciones cuando casi todo invita a hacer lo contrario. Y nada de eso necesita espectadores.

Siento un respeto inmenso que se mezcla con nuestro amor de pareja, pero que también lo excede. Reconozco algo de ese fuego. Sé lo que cuesta sostener una causa cuando el mundo parece empujarte en otra dirección, y cuánto más difícil es vivir según nuestras convicciones que proclamarlas.

Nada de esto empezó con Sintientes. Décadas de trabajo silencioso de personas y organizaciones prepararon el terreno. Quienes alguna vez intentamos impulsar una ley conocemos el desgaste: reuniones, reniegues y puertas que se cierran. Esta vez, Sintientes y su equipazo de voluntarios, junto al legislador Emmanuel Ferrario y otros legisladores, llevaron la propuesta hasta su aprobación. Un hito que también pertenece a todos aquellos que vienen trabajando por los animales desde hace tanto tiempo.

Ahora bien, hay algo curioso en que escriba estas líneas para celebrar una ley. Siendo apenas un pibe, escribí en mi casa uno de mis primeros borradores para una ley de educación ambiental. Entonces les atribuía una autoridad casi omnipotente: creía que si convertíamos una convicción en ley, la realidad tendría que acomodarse a ella.

Pasé más de diez años trabajando por la Ley Nacional de Educación Ambiental Integral. También participé en la cocreación de la Ley Yolanda, entre muchas otras. Conocí de cerca el esfuerzo que implica convertir una convicción en ley, pero también fui descubriendo las contradicciones del sistema. Normas que no se cumplen, que se acumulan hasta volverse difíciles de comprender, que chocan entre sí. Nuevas leyes que se aprueban sin considerar siquiera cómo afectan a los consensos socioambientales anteriores.

La vida cambia mucho más rápido que las leyes, lo entiendo. Pero necesitamos algunos acuerdos que perduren, un suelo firme sobre el cual construir. Si no, terminamos parados sobre arenas movedizas. Aquella confianza casi reverencial que tenía de pibe fue perdiendo fuerza.

Sin embargo, cuando miro atrás veo las semillas que fuimos dejando. Ideas que otros retomaron y llevaron mucho más lejos. Personas que siguen insistiendo incluso cuando todo parece conspirar contra sus esfuerzos. Hay una continuidad hermosa en eso.

Y esta ley me entusiasma especialmente. Porque es una ley de educación. Y porque detrás hay muchas personas dispuestas a llevarla a la práctica.

Me gusta pensar la educación desde la idea de educir: sacar hacia afuera aquello que, de alguna manera, ya llevamos dentro. Pensarla como una posibilidad de despertar sensibilidades que permanecen adormecidas bajo las costumbres y los mandatos de nuestra cultura. Que algo se mueva adentro, que cambie nuestra manera de percibirnos y, con ello, nuestra forma de convivir.

¿Y cómo se enseña la compasión? Quizás el primer paso sea reconocer al otro: comprender que no estamos ante una cosa, sino ante un ser con una experiencia propia del mundo. Después, advertir cómo nuestras decisiones lo afectan. La ley incluye sintiencia animal, cuidado responsable y prevención del maltrato. El Ministerio de Educación deberá llevar esos contenidos a las aulas y preparar a los docentes.

Sería una contradicción que la educación para la compasión se convirtiera en imposición moral. No necesitamos reemplazar unos dogmas por otros. Me importa que las nuevas generaciones puedan preguntarse, descubrir, sentir, disentir; que encuentren, desde su propia libertad, formas de cuidar y convivir.

Hay una idea que me acompaña desde hace tiempo: donde hay amor, las leyes empiezan a sobrar. Una ley puede establecer obligaciones, pero hay algo en ese darse cuenta que ninguna imposición jurídica puede producir por sí misma.

Quizás ahí esté una de las posibilidades más profundas de esta ley. En que algún día necesitemos menos normas para obligarnos a respetar la vida, porque habremos aprendido, desde adentro, por qué merece ser respetada.

No sé cuánto tiempo llevará transformar las sensibilidades de una sociedad, ni creo que podamos hacerlo mediante una ley, por más valiosa que sea. Pero sí podemos exigir que llegue efectivamente a las aulas, con recursos, docentes preparados y continuidad más allá de los gobiernos.

Me gustaría que dentro de algunos años un chico o una chica aprenda que los animales son seres sintientes y vuelva a casa preguntándose qué significa eso para su propia vida. Que esa pregunta abra conversaciones, quizás alguna incomodidad, algún pequeño cambio. Pienso en aquel pibe que escribía una ley de educación ambiental en la suya. Me gusta pensar que las ideas siguen su camino entre las personas, mucho después de que alguien las haya puesto en palabras.

Con todas esas dudas, sigo creyendo en la educación y en esa capacidad, tan misteriosa como extraordinaria, que tenemos de transformarnos por dentro.

En esta ley encuentro una semilla de esa civilización que me gustaría que seamos. Ahora tenemos la responsabilidad de cuidarla y hacerla crecer.